domingo, 23 de enero de 2011

EL CONTRACTUALISMO

Entre los siglos XVII y XVIII, cobran gran fuerza las posturas contractualistas opuestas a las organicistas. Tanto unas como otras se preguntan por el origen de la sociedad y la función que ésta debe cumplir. Pero si bien para organicistas como Aristoteles, la sociedad ha existido desde que el hombre existe, pues es el único marco en que éste se puede desarrollar como tal, para los contractualistas la sociedad no ha existido desde siempre, sino que nace por medio de un pacto o acuerdo entre los hombres, previo al cual habría un estado de naturaleza.
Como representantes de esta postura podemos citar a Hobbes, Locke y Rousseau. Los tras parten de la idea arriba citada, pero poseen diferentes visiones acerca de la naturaleza humana y,por tanto, acerca de cómo sería ese estado de naturaleza y las razones que en un momento llevan al hombre a pactar. De ahí se derivarán también distintas visiones sobre cómo ha de ser la sociedad, ya que, en primer lugar, deberá satisfacer las necesidades para las que ha sido creada.

Hobbes (11588-1679), por ejemplo partía de la idea de que el hombre es malo por naturaleza. De manera que sólo nos mueven dos principios: El egoismo y el miedo. A causa del egoismo tendemos a apoderarnos de todo aquello que nos satisface; pero, como todos somos igualmente egoistas, nuestros intereses podrían chocar con los de otros y en un estado de naturaleza, sin leyes ni autoridad que diriman las disputas no nos quedaría más remedio que el recurso a la violencia. "Homo hominis lupus" ("El hombre es un lobo para el hombre"), que decía Hobbes. En definitiva, el estado de naturaleza sería una guerra de todos contra todos, en la que el hombre se da  cuenta de que es fácil perder la vida. Por eso, porque también nos mueve el miedo, decidimos pactar renunciar a la violencia: para que no la empleen contra nosotros. Claro que seguimos siendo malos, el pacto no anula nuestra naturaleza y es por ello que queda un nuevo temor: pudiera ser que ahora que estamos desprevenidos pensando que no hay nada que temer, alguien nos asaltara. En definitiva: no basta con renunciar a la violencia, es preciso que ese poder que no vamos a emplear se lo entreguemos a alguien que vigile por nuestra seguridad, para lo que cuenta con el poder al que todos nosotros hemos renunciado, o sea, de un poder tan inmeso que lo compara con un Leviathan, enorme monstruo referido en la Biíblia de extraordinaria fuerza y título de su más famosa obra.

Pero, aunque Hobbes defendió el autoritarismo ilimitado del rey, se granjeó la enemistad de los absolutistas. Es importante reparar que para él este poder, aunque ilimitado, procedía de un pacto. Por tanto, no era, como pretendían los absolutistas de origen divino. Desde una postura genuinamente absolutista, si nos encontrásemos ante un mal monarca, manifiestamente incapaz, no por ello tendría el pueblo capacidad para echarlo, ya que el hombre no puede corregir la voluntad de Dios. Sin embargo, desde el momento en que el monarca es creado por un pacto y para una finalidad, es posible pedirle cuentas. En este caso, si no cumple la función para la que fue nombrado, esto es, si es incapaz de garantizar la seguridad  de sus subditos, no tendriamos por qué odececerle.
Locke (1632-1704), sin embargo, era totalmente contrario al absolutismo. Mas aún, según él este régimen era totalemente incompatible con un gobierno civil o político.
Asimismo, su visión del estado de naturaleza es distinta a la de Hobbes. Según él, los hombres nacemos libres e iguales y asi viviríamos en el estado de naturaleza. En ese estado también existiría la propiedad privada, cuya legitimidad basa en el trabajo. Es natural, nos dice, que si una tierra baldía vale menos que cultivada, los frutos que produce o el valor que adquiere recaigan sobre aquél que ha realizado el trabajo, para lo cual no necesita el consentimiento del resto de las personas y el límite de esa propiedad privada originaria vendría marcado por lo que podemos aprovechar. Por ejemplo, no tendría sentido que recolectáramos más manzanas que las que nuestra familia pudiera comer y dejáramos pudrirse las demás.
En este estado, carente aún de leyes, el hombre no podría hacer lo que le viniera en gana, pues Locke defiende la existencia de una ley natural, unos principios basicos que todo hombre conoce con su mera razon, por ejemplo, que no se puede atentar contra una persona o su propiedad si previamente ésta no nos ha dañado. Pero si tal caso ocurriera, el resto del grupo la castigaría para prevenir comportamientos similares.No obstante, puede fácilmente ocurrir que surjan controversias y disputas enter los hombres y, como aún no hay leyes, careceriamos de una instancia a la que dirigirnos para que dictaminara la razón de cada cual, pues es lógico pensar que cada parte defenderá su propio punto de vista. Es por ello, para tener un organismo que medie y garantice mejor la uena convivencia entre los hombres, por lo que estos pactan.
El hombre renuncia a esa capacidad natural de castigar y elprimer poder que se establecerá sera el legislativo y el ejecutivo que han de tener siempre como fin el bien público, ya que por esta razón se constituyó. De lo que se deduce también que no ha lugar para gobiernos absolutistas. No se pacta para empeorar y un gobierno absoluto priva de libertad a sus súbditos, más aún, como dejan de ser libres, pierden también la capacidad de defenderse y, ya que el rey estaría por encima de toda ley, estarían privados también de cualquier instancia a la que recurrir, si los súbditos vieran vuelnerados sus derechos por parte del monarca. Pactar para crear un gobbierno absoluto sería, según Locke, tan absurdo, como meterse en la jaula de un león para evitar los ataque de un cordero ¿Quién me garantiza que después de defenderme del cordero, que, después de todo, no molestaba tanto, no vaya el león a comerme?
Finalmente, la postura de Rousseau (s.XVIII) parte de una visión optimista de la naturaleza humana: el hombre es bueno por naturaleza, nos duelen los dolores ajenos, tendemos a colaborar con los demás a prestarnos ayuda. En definitiva, un primor. Pero, si prestamos atencion, lo que Rousseau dice es que por naturaleza somos buenos, no que lo seamos sin más. Porque, de hecho, no es asi en el momento actual, ya que la sociedad nos corrompe.Es cierto que hay en la sociedad logros importantes en la medicina, artes...;pero tales logros son para el como cadenas de plata: bellas sin dejar de ser cadenas.
En concreto, el origen de todos nuestros males lo analiza en la obra Ensayo sobre el origen de la desigualdad, donde lo situa en la propiedad privada. De la cual dice que se originó cuando a un hombre se le ocurrió vallar un trozo de tierra y decir que era suyo, encontrando gente lo suficiéntemente tonta como para creérselo.
Si esta explicacion no resulta convincente hay que tener en cuenta dos cosas: Rousseau no está intentando desvelar un origen historico, simplemente trata de decir que en el estado natural no habría propiedad privada, hasta que a alguien se le ocurrió apropiarse de algo; pero, por si esto no basta, piénsese cuántas veces llega un alumno y le suelta a otro, que está sentado, que esa es su asiento. Pues bien, muchas veces el que estaba sentado se levanta y se va.
Desde el moento en que hay propiedad también hay desigualdades, tenemos al que tiene y al que no y, por tanto, al que manda y al que obedece. Volver a ese estado de naturaleza es imposible, no nos queda sino pactar un gobierno que vele por el bien público, es decir guiado por la voluntad general, esa voluntad buena que habita en nosotros y que se expresaría por medio del voto, pues Rousseau era un defensor de la democracia.