jueves, 26 de octubre de 2017

Crítica de Hume al principio de causalidad y el apriorismo Kantiano

   

     Ya hemos visto que nuestro pensamiento es simbólico y que en él usamos conceptos. Pero ¿cómo llegamos a construir juicios o afirmaciones que reflejen la realidad? ¿Cómo llegamos a elaborar el conocimiento? Ésta es una pregunta clásica de la epistemología a la que durante el s.XVII y XVIII contestaron racionalistas y empiristas. Estas dos escuelas se diferenciaban fundamentalmente en el valor que les daban a los sentidos.
     Para los empiristas (como el escocés Hume), el conocimiento empieza y acaba en los sentidos. Es decir, nuestra mente nace como una pizarra en blanco donde la experiencia va escribiendo. Obviamente, no hay una experiencia común a todas las personas por lo que no hay ideas universales. Además, si debemos siempre remitirnos a las experiencia para hablar de conocimiento, ideas tradicionales de la filosofía como Dios, alma, libertad, no nos darían conocimiento, ya que no hay experiencia a su base. 
Frente al racionalismo, que se desarrolla sobre todo en la Europa continental, este movimiento alcanza más protagonismo en las Islas Británicas. Entre los representantes de esta postura podemos citar a Locke (1632-1704) o Hume (1711-1776).

    Según Hume, el único material del que dispone nuestro conocimiento es la experiencia, que consiste en percepciones. Esta es la única base cierta para el conocimiento.  Ahora bien, las percepciones pueden dividirse en dos tipos:
    - Impresiones. Son los datos obtenidos directamente de la experiencia. Por ejemplo cuando vemos o oímos algo; pero también, nacen de la experiencia interna, como cuando sentimos miedo o algún deseo.
    - Ideas. Serían reflejos o imágenes de las impresiones cuando pensamos o razonamos. Es decir, derivan de las impresiones y no son inmediatas. Por ejemplo, una cosa es el dolor de estómago y otra el recuerdo de ese dolor.
        Obviamente el dolor es más vívido que la idea que tenemos de él.
        A su vez, lasa ideas pueden dividirse en simples y complejas. Las simples son las que no admiten separación, como un color, y son siempre copias de impresiones. Las complejas, por el contrario, pueden dividirse en sus partes componentes, pues son combinaciones de ideas simples. Estas combinaciones pueden ser arbitrarias, de modo que no es tienen por qué corresponderse con ninguna impresión. Es el caso de la idea de sirena. por consiguiente, no es necesario que las ideas complejas reflejen una combinación real de impresiones, aunque, en última instancia, remitan  a las impresiones como  su base. 
    Nuestra mente tiene el poder de generar ideas gracias a dos facultades: la memoria y la imaginación. La memoria evoca impresiones pasadas en forma de ideas, conservando el orden en que las impresiones se presentaron. la imaginación, las relaciona y asocia con libertad, creando ideas complejas que pueden provenir de otras simples o de la combinación de otras complejas. 
    En definitiva, aunque la materia prima de nuestras ideas sean las impresiones, finalmente podemos crear ideas complejas que no se correspondan con una impresión. La pregunta es entonces ¿todas las ideas son válidas? Según Hume no. Deben proceder de impresiones y con este criterio Hume echa por tierra conceptos tan importantes como el de causalidad, sustancia o yo.
    A partir de aquí el conocimiento válido será el que se refiere a cuestiones de hecho o a relaciones entre ideas. Las relaciones entre ideas se expresan a través de verdades analíticas. En estas verdades no hace falta recurrir a la experiencia. Lo que hacemos es analizar la idea de sujeto y ver de qué modo implica o no al predicado. Su verdad procede del hecho de que es imposible negarlas sin incurrir en una contradicción. Por ejemplo: "el todo es mayor que la parte". Negar esto, es negar que un todo sea un todo. Es decir, es caer en la contradicción de que el todo no lo es.
Podemos, entonces, decir que las verdades analíticas son necesarias y evidentes ; pero no aportan información sobre el mundo que nos rodea.
    Las cuestiones de hecho, sí nos dan información porque proceden de la experiencia. Se pueden negar sin contradecirse porque la relación entre sujeto y predicado no es necesaria
Cojamos el ejemplo: "Mi perra es grande". Esta proposición da una información sobre mi perra que no se obtiene únicamente analizando el concepto de perra, ya que hay muchas perras enanas. Además, negar este hecho, no conduce a contradecirnos. Por tanto, hay que recurrir a la experiencia. Y, efectivamente, vemos que sí que es grande. 
Sin embargo, la experiencia siempre es presente o pasada, pero no hay es experiencia del futuro. Sin embargo, Hume advierte que la ciencia, cuando establece verdades de hecho, expresan su seguridad no solo sobre lo que ha ocurrido o está ocurriendo, sino también sobre lo que va a ocurrir, porque cuando el científico, por ejemplo, dice que el agua hierve a 100 grados, no está diciendo que lo hace o que lo va a hacer, sino que también lo hará en lo sucesivo  a la misma temperatura.
¿Qué ocurre con la idea de causalidad sobre la que se fundamenta la ciencia? la crítica de Hume a la teoría del conocimiento es tan importante que Kant afirmó que la lectura de La investigación sobre el entendimiento humano lo despertó del sueño dogmático en el que vivía.
La idea de causalidad no es una verdad analítica. Nada hay en el análisis de la causa que contenga su efecto. De hecho, el efecto es distinto de la causa. Dice el escocés. " De la fluidez y transparencia del agua, Adán no habría inferido que le podría ahogar". Y más adelante añade: 
"Cuando veo, por ejemplo, que una bola de billar se mueve en línea recta hacia otra, incluso en el supuesto de que el movimiento de la segunda bola me fuese accidentalmente sugerido como el resultado de un contacto o de un impulso, ¿no puedo concebir que otros cien acontecimientos podrían haberse seguido igualmente de aquella causa? ¿No podrían haberse  quedado quietas ambas bolas? ¿No podría la primera volver en línea recta a su punto de arranque o rebotar sobre la segunda en cualquier línea o dirección? Todas estas suposiciones son congruentes y concebibles. ¿Por qué, entonces, hemos de dar preferencia a una que no es más congruente y concebible que las demás? Ninguno de nuestros razonamientos a priori nos podrá jamás mostrar fundamento alguno para esta preferencia".
Así que si del análisis de la causa no se sigue el efecto, esta conexión estará basada en la experiencia; aunque, por otra parte, ya hemos visto que solo hay experiencia del presente y del pasado. Si aplicamos este principio al futuro, si decimos que cuando choquen las bolas, la segunda se moverá, es porque damos por supuesto que entre la causa y el efecto hay una conexión necesaria. Ahora bien, ¿qué fundamento tiene esta idea de conexión necesaria? Puesto que toda idea procede de una impresión, Hume indaga de cuál procede. Hume no encuentra ninguna impresión que responda a la idea de conexión necesaria. Lo único que vemos son dos fenómenos sucesivos en el tiempo. Primero A y después B que se producen reiteradamente. Cada vez que se produce A, luego ocurre B. Esto no significa que haya una conexión necesaria entre ambos. No hay una impresión de este lazo y, por tanto, no lo podemos saber. Pero la costumbre de ver un fenómeno a continuación del otro a esperar esta sucesión en el futuro construyendo así el principio de causalidad.

     En cuanto a los racionalistas (Descartes, s. XVII), ellos opinan justo lo contrario: no hay que fiarse de los sentidos ¿Cuántas veces no nos han engañado, hemos creído ver a alguien que no estaba allí o, simplemente vemos moverse el sol en su ocaso cuando sabemos que no se mueve? Si en tantas ocasiones nos ha mentido, es lícito sospechar de ellos y no tenerlos en cuenta para alcanzar la verdad. Debemos guiarnos únicamente por la razón. Otra diferencia que sostienen respecto a los empiristas es la creencia en la existencia de ideas innatas, es decir ideas que tenemos por el hecho de ser hombre y que, por tanto, son comunes a todos, esto es, son universales.
     Esta disputa tuvo, sin embargo, su fin con la aparición de una obra revolucionaria y una de las más importantes en la historia de la filosofía: Crítica a la razón pura (1781), escrita por Kant quien ofrece una visión nueva del problema y, hasta cierto, punto conciliadora.
     Según Kant, para que exista el conocimiento deben haber fenómenos y conceptos. Los fenómenos serían la información que recibimos a través de la sensibilidad y junto con los conceptos son necesarios para que haya conocimiento. Pues dice kant que los fenómenos sin conceptos estarían ciegos y los conceptos sin fenómenos vacíos. Expliquemos esto un poco. Si un extraterrestre aterrizara en la Tierra y pudiera ver como nosotros lo hacemos, aun así no sabría lo que estaría viendo, no tendría conocimiento alguno de nuestro mundo porque le faltarían los conceptos. Pero, a su vez, los conceptos por sí solos no bastan ya que necesitamos un referente en la experiencia. Por mucho que nos hablen del hígado, sólo alcanzamos a comprenderlo cuando lo vemos funcionar.
     Ahora bien, si al recibir los fenómenos lo hacemos a través de nuestra sensibilidad, al hecerlo le aplicaremos las formas puras de ésta, es decir las formas que tiene mi sensibilidad por el hecho de ser una sensibilidad humana. Estas formas son el espacio y el tiempo. Un ejemplo un poco burdo pero, tal vez, ilustrativo sería el siguiente: imaginemos que he nacido con unas gafas de cristales amarillos incrustradas en el cráneo. Todo lo que yo viera sería de color amarillo. Ahora bien, como soy una chica lista y hay distancia entre los ojos y el cristal, al observarlo me daría cuenta de que es amarillo y sospecharía que tal vez yo todo lo veo amarillo por culpa de mis gafas. Sin embargo, tampoco podría afirmar que el mundo no sea amarillo, igual el tinte de mis gafas no aporta nada porque el mundo es amarillo. Tendría que poder quitarme las gafas y, sin embargo, es imposible.
    Por su parte, el entendimiento ordena y conecta los fenómenos a través de conceptos para completar el conocimiento. Nosotros no percibimos fenómenos aislados, los agrupamos bajo un concepto y conectamos unos conceptos con otros mediante otros conceptos, así tenemos el conocimiento. Respecto a los conceptos, Kant distingue dos tipos: a posteriori, aquéllos que obtenemos  a través de la experiencia mediante y a priori. A estos últimos los llama también categorías y son conceptos que nuestro entendimiento porta, digamos, de serie, con los que inevitablemente tenemos que pensar el mundo, como, por ejemplo el concepto de causalidad: para cualquier suceso o ser buscamos una causa; tampoco podemos pensar la contradicción, esto es que algo sea y no sea a la misma vez y en el mismo sentido: Sin embargo, nuevamente podemos preguntarnos si el mundo responde a estas categorías o simplemente es que no podemos pensarlo de otra manera.
     En definitiva, a partior de Kant el mundo como tal (entiéndase como él es en sí mismo, noúmeno lo llamaba Kant), con independencia de nuestro conocimiento, se convierte en una incógnita porque sólo podemos saber cómo lo conocemos. Y, algunos de las más importantes ideas del ser humano, como la libertad, Dios o el alma, son también una incógnita ya que no hay fenómeno a su base. Aún así Kant las rescata como postulados de la razón. Ideas que debemos postular que tienen una base real, que existen, pues nos son necesarias ¿Cómo sería posible la ética si no somos libres?



     ACTIVIDADES:

2. Lee el siguiente texto y contesta a las preguntas:
    "Hay además otra cosa que se desprende por primera vez claramente de la filosofía de Kant, y es que el mundo no tiene realidad; es que ese espacio y ese tiempo y ese principio de causalidad no existen fuera de nosotros tal como nosotros lo vemos, que pueden ser distintos, que pueden no existir...
- Bah. Eso es absurdo -murmuró Iturrioz-. Ingenioso si se quiere, pero nada más.
- No; no sólo no es absurdo, sino que es práctico. Antes para mí era una gran pena considerar lo infinito del espacio; creer el mundo inacabable me producía una gran impresión; pensar que al día siguiente de mi muerte el espacio y el tiempo seguirían existiendo me entristecía, y eso que consideraba que mi vida no es una cosa envidiable; pero cuando llegué a comprender que la idea del espacio y del tiempo son necesidades de nuestro espíritu, pero que no tienen realidad; cuando me convencí por Kant que el espacio y el tiempo no significan nada, por lo menos que la idea que tenemos de ellos puede no existir en nosotros, me tranquilicé. Para mí es un consuelo pensar que, así como nuestra retina produce colores, nuestro cerebro produce las ideas de tiempo, de espacio y de causalidad.Ya no sigue el tiempo, ya no sigue el espacio, ya no hay encadenamiento de causas. Se acabó la comedia, pero definitivamente. Podemos suponer que un tiempo y un espacio sigan para los demás. ¿Pero eso qué importa si no es el nuestro, que es el único real?
                                                             (El árbol de la ciencia, Pío Baroja)

1. ¿En qué da Kant la razón a los empiristas y en qué a los racionalistas?
2. ¿Por qué dice el personaje que "acabado nuestro cerebro, se acabó el mundo"? Haz una lectura Kantiana de sus palabras.
3. Intenta pensar qué consecuencias ha podido tener el pensamiento kantiano sobre nuestra visión de la ciencia. (Recuerda que no importa si han sido ésas efectivamente como la forma en que lo razones).